Por Mayra.
Vivimos en la era de la relatividad, en una época donde el modelo prusiano del siglo XVIII ha influenciado el desarrollo académico durante los últimos siglos. Este modelo tenía el propósito de enseñar gratuitamente y de forma obligatoria a leer y escribir a todos los niños, con el fin de mantener una clase trabajadora dócil, acostumbrada a seguir un mismo ritmo de vida: levantarse temprano, trabajar y aceptar la autoridad de sus superiores.
Esta influencia persiste en las aulas actuales, donde los niños se sientan frente al maestro y las sesiones de aprendizaje comienzan y terminan con el sonido de un timbre. Incluso las vacaciones escolares se originaron en la necesidad de que los niños ayudaran a sus familias en las granjas durante los periodos de siembra y cosecha en una sociedad predominantemente agraria.
Dada nuestra tendencia como sociedad a aceptar sin cuestionamiento lo que se nos enseña, nos hemos convertido en consumidores pasivos de noticias e información científica, sin someterla a evaluación crítica. En este contexto, el progresismo político ha generado un sistema educativo que forma alumnos poco interesados en la verdad, ideologizados y activos en la defensa de postulados que carecen de fundamento científico.
Por ello, es imprescindible recuperar la unidad entre la fe y la razón científica. Esta unidad fortalece la creencia en el único hecho histórico que ha impactado y transformado la vida de millones de personas como ningún otro: la existencia de Jesús de Nazaret, un personaje histórico que se atribuyó ser el redentor de la humanidad.
Con esto en mente, evaluaremos los hechos desde una perspectiva inquisitiva, como si se tratara de un juicio ante una corte. Podemos dudar, pero precisamente por ello examinaremos los puntos débiles y someteremos a prueba la evidencia y los testimonios de quienes presenciaron los acontecimientos.
Es fundamental comprender que los relatos bíblicos no fueron escritos como simples fábulas o mitos, sino con la intención de describir hechos reales. Por ejemplo, el inicio del evangelio de Lucas es similar a los prefacios de las obras históricas y biográficas de la antigüedad. Así lo expresa el propio autor:
“Puesto que ya muchos han tratado de poner en orden la historia de las cosas que entre nosotros han sido ciertísimas, tal como nos lo enseñaron los que desde el principio lo vieron con sus ojos y fueron ministros de la palabra, me ha parecido también a mí, después de haber investigado con diligencia todas las cosas desde su origen, escribírtelas por orden, oh excelentísimo Teófilo, para que conozcas bien la verdad de las cosas en las cuales has sido instruido” (Lucas 1:1-4).
Los evangelios de Marcos y Mateo no inician con una declaración explícita de esta naturaleza, pero todos comparten el mismo género literario. En contraste, el evangelio de Juan comienza con una afirmación teológica derivada de la historia fiel: “Pero estas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre” (Juan 20:31).
Los evangelios fueron escritos con precisión, incluyendo detalles incidentales, en un estilo serio y responsable, con evidente esmero y exactitud. Por este motivo, es común encontrar fechas, citas y nombres en sus relatos. Papías, alrededor del año 125 d.C., afirmó que Marcos registró fielmente el testimonio ocular de Pedro, sin cometer errores ni incluir declaraciones falsas. Asimismo, aseguró que Mateo preservó con fidelidad las enseñanzas de Jesús.
Años después, Ireneo (c. 180 d.C.) confirmó la autoría tradicional del evangelio de Mateo. En su testimonio, afirmó:
“Mateo publicó su propio testimonio entre los hebreos en su propia lengua, cuando Pedro y Pablo estaban predicando el evangelio en Roma y fundando la iglesia allí. Después de su partida, Marcos, el discípulo e intérprete de Pedro, nos dejó por escrito la esencia de la predicación de Pedro. Lucas, seguidor de Pablo, registró en un libro el evangelio predicado por su maestro. Luego Juan, el discípulo del Señor, quien también se recostaba sobre su pecho, produjo su evangelio mientras vivía en Éfeso, en Asia”.
De esta manera, podemos confiar en que los evangelios fueron escritos por los discípulos Mateo y Juan, por Marcos, compañero de Pedro, y por Lucas, historiador y compañero de Pablo. Estos textos recopilan testimonios directos de testigos presenciales.
Algunas teorías objetan la veracidad de los evangelios debido al tiempo transcurrido entre los hechos y su redacción, aproximadamente 70 años. Sin embargo, al compararlo con otros registros históricos, encontramos que los relatos sobre Alejandro Magno fueron escritos por Arriano y Plutarco más de cuatrocientos años después de su muerte en el año 323 a.C. Esto refuerza la fiabilidad de los evangelios como documentos históricos confiables.


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