La Navidad

En la época en la que estamos, los regalos, las compras, las reuniones familiares y los abrazos se vuelven comunes. Aunque la cultura consumista suele capturar nuestra atención, el calor de la familia y los buenos sentimientos siguen siendo parte de esta celebración. Sin embargo, surge una pregunta inevitable para los creyentes: ¿es esto verdaderamente la Navidad?

La respuesta es que la Navidad no encuentra su significado último en las tradiciones modernas ni en la nostalgia emocional que acompaña estas fechas, sino en un acontecimiento histórico sin precedentes. La Navidad proclama una intervención divina real y con consecuencias eternas: Dios irrumpió en la historia de la humanidad, haciendose hombre, estableciendo su reino transformando para siempre la relación entre Él y la humanidad.

Este énfasis es crucial para la fe cristiana, pues el cristianismo no se sostiene sobre experiencias subjetivas ni sobre símbolos religiosos, sino sobre hechos objetivos que proclamamos. La Navidad afirma que el Dios creador del universo no permaneció distante frente a un mundo caído, sino que tomó la iniciativa soberana de acercarse al ser humano. En Jesucristo, Dios irrumpió en la historia para traer salvación, y por ello Emanuel, “Dios con nosotros”, no es una metáfora devocional, sino una afirmación teológica central: Dios habitó entre nosotros para redimir a los suyos.

Por esta razón, la Navidad no depende de sentir o no un espíritu navideño, o el mejor arbol, o la mejor compañía, sino de reconocer la verdad que ha sido revelada a nosotros, que John Piper lo explica de la siguiente manera: “El santo, eterno e infinito, Creador del universo envió a su Hijo a esta pequeña partícula, llamada Tierra, para que fuera condenado a muerte en mi lugar” – John Piper La verdad redentora es que Dios en Cristo se hizo hombre y vino al mundo. “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad” Juan 1:14.

La encarnación no es un elemento secundario del cristianismo, sino el corazón mismo del plan redentor de Dios. En Jesucristo, el Hijo eterno asumió plenamente nuestra naturaleza humana sin dejar de ser verdadero Dios, cumpliendo así la necesidad de un Mediador capaz de representarnos delante de Dios y, al mismo tiempo, de revelar perfectamente al Padre. Sin un Cristo verdaderamente Dios y verdaderamente hombre, no hay redención objetiva, no hay mediación real y no hay esperanza fundada.

La Navidad, entonces, deja de ser una celebración con contenido para convertirse en un símbolo vacío. Solo Dios podía salvar y solo el hombre debía obedecer; en la encarnación, Dios mismo vino a habitar entre nosotros para obedecer donde Adán falló, cargar con la culpa del pecado y reconciliar a los suyos consigo. Por eso, la Navidad no es solo una fecha que se recuerda, sino una verdad que se proclama en celebración.

En un mundo que reduce estas celebraciones a emociones pasajeras o tradiciones culturales, el cristianismo afirma con convicción que Dios se hizo carne, habitó entre nosotros y transformó la historia para siempre. Celebramos la Navidad porque en ella se revela la gracia de Dios manifestada en Cristo, ofreciendo redención real a un mundo caído. En Él, celebrar la Navidad con gozo tiene todo el sentido, porque Dios descendió desde los cielos para habitar entre nosotros, trayendo salvacion, y hoy habitar en su pueblo por medio de su Espíritu.

Con amor y en Cristo,

Equipo de Ministerios de Apologética Cristiana

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