Por Renzo Diaz
La apologética ha cambiado desde los orígenes del cristianismo
Desde los inicios de la fe cristiana, esta ha tenido que ser defendida de diversas maneras ante numerosos ataques. En los mismos evangelios vemos que los fariseos intentaron afirmar que el cuerpo de Jesús había sido robado para no aceptar la resurrección, pero los apóstoles dieron defensa de su testimonio. A lo largo de la historia, la manera de hacer apologética ha evolucionado, pero siempre ha mantenido la misma misión: defender y afirmar la fe en Jesús.
Fases de la apologética (iglesia primitiva, iglesia medieval, iglesia contemporánea)
Para la historia de la Iglesia, no es nada nuevo que la fe sea atacada. El mismo apóstol Pablo se identificaba a sí mismo como “puesto para la defensa del evangelio” (Filipenses 1:16). Desde los primeros años de la Iglesia, la fe tuvo que ser defendida en dos frentes principales: el judaísmo y el paganismo grecorromano. Por un lado, se debía usar las Escrituras para demostrar a los judíos que Jesús era el Mesías prometido; por otro lado, Pablo se enfocó en mostrar que Dios siempre había estado cerca de los gentiles, manifestándose plenamente en el Mesías (Hechos 14:15-17, 17:22-31).
Con el paso de las décadas y los siglos, los apóstoles dejaron esta tierra, pero sus seguidores continuaron la tarea apologética. Justino Mártir es conocido como el primer apologista en el sentido formal de la palabra, ya que fue el primero en sistematizar el ejemplo de los apóstoles en esta materia. Se enfrentó a los sistemas filosóficos de su tiempo, que veían el cristianismo como una simple religión más. Para responder, Justino argumentó que Jesús era el Logos de Dios (afirmando y expandiendo Juan 1:1) y, por lo tanto, la fe cristiana poseía la verdad misma del universo. Abrió una escuela de filosofía en Roma donde enseñaba que el cristianismo era la verdadera filosofía. Fue un valiente defensor de la fe, al punto de dar su vida por ella.
Con el paso de los siglos, la sociedad se volvió mayoritariamente cristiana. Sin embargo, continuaron surgiendo pensadores que fortalecieron la fe de los creyentes. Dos figuras destacadas de la apologética medieval fueron Anselmo de Canterbury y Tomás de Aquino. Anselmo se enfocó en explicar la necesidad de la encarnación de Cristo para la redención de la humanidad, argumentando que la deuda del pecado contra Dios era infinita y solo podía ser pagada por un ser igualmente infinito: el Dios-hombre. Por su parte, Tomás de Aquino desarrolló sus famosas cinco vías para demostrar la existencia de Dios desde un enfoque racional. Estos argumentos fueron fundamentales en su tiempo y continúan influyendo en la apologética actual.
En cierto sentido, podríamos considerar la Reforma como un movimiento apologético, ya que se enfocó en defender el corazón del evangelio de los ataques del legalismo. Reformadores como Lutero y Calvino se esforzaron en reafirmar la fe cristiana en la esperanza de Cristo como único y suficiente Salvador. Este episodio histórico demuestra que la apologética no solo responde a los ataques externos, sino que también combate las desviaciones dentro de la propia Iglesia.
En la apologética contemporánea, encontramos figuras como C.S. Lewis y Alvin Plantinga. Lewis combinó una defensa racional con un enfoque imaginativo, argumentando que la existencia de Dios tenía sentido tanto para la mente como para el corazón. Es por ello que escribió «Las crónicas de Narnia», donde transmite conceptos de la fe a través de una narrativa fantástica. Por otro lado, Plantinga se destacó en el ámbito filosófico, elaborando argumentos lógicos rigurosos que fortalecen la defensa racional de la fe cristiana.
La apologética sigue evolucionando
Como hemos visto, cada apologista ha desarrollado estrategias diferentes según el contexto en el que vivió. Mientras que Justino combatió contra la filosofía griega, Lewis lo hizo en un mundo marcado por el escepticismo moderno. Las batallas han cambiado, y esto nos lleva a preguntarnos: ¿Cómo debemos librar la nuestra? Hoy vivimos en una era posmoderna llena de cambios, y, al igual que Pablo en Atenas, debemos reflexionar sobre cómo responder a las preguntas de nuestro siglo para seguir defendiendo y afirmando la fe.


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