¿Por qué Dios parece oculto?

Por Jorge Méndez

El otro día, mientras conversaba con un amigo que me planteaba muchas preguntas acerca de Dios, surgieron las siguientes interrogantes: ¿Por qué Dios no es más evidente en la vida de las personas para que todos puedan creer en él? ¿Por qué no hay evidencia abundante e irrefutable de su existencia? ¿Por qué parece que Dios se ha ocultado? Si Dios anhela relacionarse con Su creación, ¿por qué no lo hace con mayor firmeza?

Sin saberlo, mi amigo estaba planteando un dilema conocido como «El Ocultamiento Divino», un argumento que muchos utilizan para concluir que Dios no existe. La idea detrás de este argumento es que, si Dios existiera, su presencia sería mucho más evidente y nadie podría dudar de él. Este argumento parece convincente; incluso William Lane Craig, filósofo, teólogo y apologista cristiano, mencionó en una entrevista que lo considera el mejor argumento en contra de la existencia de Dios. Por ello, creo relevante abordarlo y ofrecer una respuesta que permita presentar una defensa razonada de la esperanza que hay en nosotros.

¿Realmente Dios está oculto?

Primero, ¿hasta qué punto es cierto que Dios parece estar oculto? ¿Es verdad que sus manifestaciones no han sido evidentes a lo largo de la historia? Considero que Dios no está tan oculto como se piensa. Si bien su esencia impide que podamos percibirlo con nuestros sentidos directamente, podemos ver sus efectos en la naturaleza. Como menciona el apóstol Pablo:

«Porque desde la creación del mundo, las cualidades invisibles de Dios, es decir, su eterno poder y su naturaleza divina, se perciben claramente a través de lo que él creó, de modo que nadie tiene excusa.» (Romanos 1:20)

Al observar el universo, podemos notar orden, propósito, arte y diseño. Esto nos lleva a concluir que hay un Creador. Además, miles de personas han experimentado milagros que dan testimonio de un ser sobrenatural que se preocupa por cultivar una relación con la humanidad, responder oraciones y obrar en sus vidas.

En la Biblia encontramos numerosos relatos donde la presencia de Dios fue clara y evidente, y aun así, las personas lo rechazaron. Un ejemplo es el pueblo de Israel, que tras salir de Egipto fue guiado por una nube de día y una columna de fuego de noche. Estas manifestaciones sobrenaturales hacían palpable la presencia de Dios, pero la mayoría de los israelitas optaron por darle la espalda.

Asimismo, cuando Dios vino al mundo en la persona de Jesús, realizó muchos milagros: multiplicó panes, transformó agua en vino, resucitó muertos y sanó a incontables enfermos. Sin embargo, muchas personas eligieron no creer en él, menospreciarlo e incluso crucificarlo. Esto demuestra que, aunque la evidencia esté presente, la incredulidad puede persistir en un corazón cerrado.

¿Podría Dios ser más evidente?

Probablemente sí, pero no tenemos forma de demostrar que eso sería suficiente para que las personas decidieran buscar una relación con él. Dios no solo desea que la gente crea en su existencia, sino que lo haga por amor y no por obligación o miedo. Si Dios fuera completamente evidente, podría anular la libertad de los seres humanos para buscarlo genuinamente.

Además, Dios conoce cuánta evidencia necesita cada persona y se la proporciona según su corazón. Para algunos, una gran cantidad de evidencia nunca será suficiente, mientras que otros, con pocas pruebas, decidirán confiar en él.

En conclusión, si Dios pareciera ocultarse, esto no significaría que no existe, sino que tiene razones para manifestarse de la manera en que lo hace. Sin embargo, la realidad es que Dios no se ha ocultado: se revela constantemente en la naturaleza, en la vida de las personas y, especialmente, en la persona de Jesucristo.

«Dios, que muchas veces y de varias maneras habló a nuestros antepasados en otras épocas por medio de los profetas, en estos días finales nos ha hablado por medio de su Hijo…» (Hebreos 1:1-2)

Dios sigue hablándonos hoy. La pregunta es: ¿estamos dispuestos a escucharlo?

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