¿Cuándo debería dudar si soy cristiano?

Por: Gloria Sánchez 

La duda puede manifestarse de distintas formas, pero me atrevería a decir que es una experiencia garantizada en el caminar cristiano. ¿Aspiramos a ello? Tal vez no, pero sucede. En algún momento podemos enfrentar incredulidad, incertidumbre o preguntas que buscan comprender mejor la naturaleza de Dios y el mundo que nos rodea. Sin embargo, hoy meditaremos en una duda en particular: aquella que tiene que ver con nuestra identidad. ¿Soy verdaderamente cristiano? 

Jesús mismo nos muestra que, aunque Dios ha creado a la humanidad con una diversidad de culturas, rasgos físicos, gustos, habilidades y nacionalidades, al final solo hay dos grandes grupos: creyentes y no creyentes. Están los insensatos que no guardaron aceite y los sensatos que mantuvieron sus lámparas llenas en espera del Novio. Los siervos buenos y fieles, y los malos y perezosos. Las ovejas y los cabritos (Mateo 25). Hay una distinción clara entre ambos grupos y, lo sepamos o no, en el día del juicio pertenecemos a uno de ellos. Si nuestra esperanza en esta vida y nuestra eternidad en la siguiente dependen de esta realidad, ¿cómo no hacernos esta pregunta? 

No obstante, no es nuestra propia autoidentificación lo que tendrá valor al final, sino la verdad dictada por el Juez. Como diría Mike McKinley: 

“Sin duda, hay una gran claridad de parte de Dios en la ecuación. Él no está confundido acerca de quién le pertenece y quién no.” 

Él es el Buen Pastor que conoce a Sus ovejas. Pero, ¿estamos seguros de que realmente lo conocemos a Él? (Juan 10). 

Esto no es una invitación a vivir una vida llena de incertidumbre, sino a examinar si realmente estamos en paz con Dios. En Mateo 7, Jesús advierte que no todo el que le llama “Señor” es realmente suyo, y que muchos serán rechazados sin importar las objeciones que presenten. A veces asumimos que, porque nuestra familia es creyente, nosotros también lo somos; o que, por haber servido en el ministerio, nos hemos ganado el Reino. Peor aún, podemos pensar que no hay “tanto” pecado en nosotros como para ser considerados incrédulos. Por ello, es necesario hacerse esta pregunta: ¿Eres realmente cristiano o solo aparentas serlo?

Siguiendo la recomendación de Pablo en 2 Corintios 13:5, te invito a examinar tu fe en Cristo. A continuación, te comparto tres señales que pueden indicar que, aunque te llames cristiano, en realidad no conoces a Dios. 

1. No crees en tu corazón que has pecado 

Es fácil decir que Dios envió a Su Hijo, Jesucristo, a morir por nuestros pecados. Sin embargo, nos sorprendería descubrir cuán común es que el corazón humano no reconozca ni nombre su propio pecado. 

1 Juan 1:8-10 nos recuerda que quien afirma no tener pecado está en tinieblas y no vive en la verdad de Dios. Esta convicción proviene del Espíritu Santo. Por lo tanto, si te cuesta ver por qué eres merecedor de la ira de Dios e inmerecedor de Su misericordia, te animo a pedirle a Él que te permita ver la realidad de tu corazón. Ese es el único camino para arrepentirse y vivir en la gracia que Dios nos ofrece. 

2. No hay fruto en tu vida 

Si tu vida no ha cambiado desde que decidiste seguir a Cristo, algo anda mal. El Evangelio no solo resulta en la salvación de tu alma, sino también en tu santificación. Un cristiano da fruto y refleja una decisión constante de morir a sí mismo. 

Si no lamentas pecar o no ves fruto en tu vida, es momento de detenerte y considerar si realmente has creído en las Buenas Nuevas de salvación. 

Vale la pena aclarar que este cambio de vida no es un requisito para ser cristiano, sino un resultado. Dios es quien nos da un corazón nuevo, nos libera de la esclavitud del pecado y nos hace andar en Su voluntad (Ezequiel 36:26-28; 1 Juan 2:3-6, 2:29; Romanos 6). No podemos lograrlo por nuestras fuerzas, sino solo en Su poder. 

El proceso de santificación no se caracteriza por la ausencia de pecado, sino por la lucha diaria contra él y el descanso en la gracia de Dios. 

3. No amas a otros 

Es imposible ignorar la cantidad de veces que Dios nos exhorta a amar a los demás. Esta es, probablemente, una de las señales más claras de quiénes son hijos de Dios (1 Juan 2:9-11; 3:10-18; 4:7-21; Juan 13; 1 Corintios 13; Lucas 6:27-36). 

Por naturaleza, el ser humano sin Cristo solo busca lo suyo. En su libro, McKinley señala tres tipos de amor que deberían desarrollarse en un verdadero creyente: 

– Amor por los hermanos en la fe

– Amor por los vulnerables

– Amor por los enemigos

Si al examinar tu vida notas desamor hacia las personas, acude a Dios para recibir Su amor y compartirlo con los demás. 

Para identificar estas señales en tu vida, necesitarás la perspectiva de otros creyentes. Como menciona McKinley: 

“Debido a que no siempre somos los mejores jueces de nuestras propias vidas y conductas, es sumamente importante contar con cristianos sabios y honestos a nuestro alrededor que nos ayuden a ver lo que no podemos ver por nosotros mismos.” 

Por ello, te animo a buscar hermanos fieles en la fe que realmente te conozcan y puedan decirte con amor si tu vida refleja la de un verdadero cristiano. Si no tienes con quién hablar de esto, es momento de ser intencional en desarrollar relaciones profundas con otros creyentes. 

Si te has identificado con estas señales y deseas un cambio, no caigas en la desesperación. Hay esperanza. Dios da gracia sobre gracia, y creer en Cristo solo requiere rendición. 

La vida cristiana solo puede vivirse en el poder del Espíritu Santo, no en nuestras fuerzas. Jesús nos asegura que Dios no nos negará Su Espíritu si se lo pedimos, porque realmente lo necesitamos. Si deseas cambiar, pídele al Padre que te llene con Su Espíritu. 

Él dará testimonio de tu fe y te hará perseverar, dándote todo lo que necesitas para confesar tu pecado, dar fruto y amar a otros. 

¡Gloria a Dios por ello!

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