¿Qué es la Verdad?

Por David Blas

Intentar definir la verdad dice mucho sobre quiénes somos. La capacidad de cuestionar la realidad y lo que creemos tiene grandes implicaciones sobre la forma en que vivimos. El deseo de descubrir por qué la vida es como es nos ha llevado a adquirir un vasto conocimiento a lo largo del tiempo. Este saber, históricamente, no se ha limitado a la esfera material ni al ámbito de lo experimental. De haber sido así, nuestro conocimiento habría sido seriamente restringido. Por ello, nos proponemos definir la verdad no como un mero concepto subjetivo, sino como una realidad objetiva, la cual debe trascender la esfera de lo material.

Si existe una verdad objetiva, esta debería provenir desde fuera de nosotros, pues, siendo seres transitorios en el tiempo y el espacio, no podríamos tener la capacidad de dictar una verdad absoluta que nos supere a nosotros mismos. ¿Qué derecho tendría alguien de imponer “su” verdad sobre otro que cree algo diferente respecto a una misma cuestión? ¿Cómo podríamos resolver estos conflictos?

La creencia en lo trascendente y lo eterno ha estado presente en el testimonio de las principales culturas antiguas, evidenciado en su afán religioso. Ambas concepciones han sido centrales en nuestro pensamiento existencial durante miles de años, lo cual no parece haber cambiado demasiado en la actualidad, a pesar de algunas voces que han intentado menospreciar la relevancia de lo trascendente.

Ante este panorama, la idea de Dios irrumpe como el fundamento para definir y conocer dicha verdad. Sin Dios, no es posible contar con un marco de referencia adecuado para una empresa tan ambiciosa como la de definir la verdad aplicable a todos por igual. Pero ¿cómo podemos saber cuál Dios es el verdadero entre tantas creencias y religiones?

Entre ellas destaca la del pueblo judío y su fe en un único Dios verdadero y trascendente, pues de este pueblo monoteísta nació Jesús el Cristo, fundador de una de las religiones más influyentes de la historia: el cristianismo. Dentro de sus proclamas fundamentales, el cristianismo sostiene que su líder, Jesús, es la verdad personificada.

Si el cristianismo es verdadero, entonces hemos planteado mal la pregunta al inicio. Y una pregunta mal formulada no puede obtener una respuesta correcta. La cuestión no sería «¿Qué es la verdad?», sino más bien «¿Quién es la verdad?». En sus propias palabras, Jesús, al ser cuestionado al respecto, afirmó: “Yo para esto nací y para esto vine al mundo: para dar testimonio de la verdad”. (S. Juan 18:37 NVI)

C.S. Lewis, en su libro Mero Cristianismo, escribió:

«Ser cristiano significa pensar que allí donde el cristianismo difiere de otras religiones, el cristianismo tiene razón y las otras están equivocadas. Como en aritmética, una cuenta solo tiene un resultado correcto, y todos los demás están equivocados; pero algunos de los resultados equivocados están mucho más cerca de ser el correcto que otros.» (Pasaje del libro Mero Cristianismo, de Lewis Clive Staples, Libro II, Capítulo 1, pág. 54)

Por su parte, el apóstol Pablo, en su primera epístola a los Corintios, afirmó que el cristianismo se sostiene o cae en el hecho histórico de la resurrección de su fundador, Jesús. A primera vista, podría parecer imposible comprobar la veracidad de este suceso en nuestro tiempo, pero, si se analiza con rigurosidad histórica y, sobre todo, con honestidad intelectual, la resurrección de Jesús deja de parecer una imposibilidad y se convierte en la explicación más plausible del éxito del cristianismo.

El testimonio más impactante del cristianismo es la cruz de Cristo Jesús: Dios hecho hombre, sacrificado voluntariamente. La Verdad irrumpió en la historia en la humilde forma de un ser humano y vino a entregar su vida en rescate por muchos. Pero, ¿era necesario el drama, la vergüenza y la crueldad de la cruz? Sí lo era. Y la severidad de la cruz nos habla de cuán perdidos estábamos sin Él. El valor de la cruz de Cristo se descubre cuando doblamos nuestro orgullo y contemplamos, de rodillas, el único símbolo que une de manera perfecta la justicia y el amor de Dios.

Nadie jamás ha declarado lo que Jesús declaró: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. Así como tampoco nadie ha predicho su muerte y resurrección y, en caso de haberlo hecho, solo Jesús pudo cumplirlo.

Por lo tanto, te invito a conocer la Verdad o, mejor dicho, a ser conocido por la Verdad: Jesús.

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