Por David Blas
Una de las mayores objeciones intelectuales contra la creencia en Dios es el problema del mal. Para muchos, resulta poco creíble que un Dios omnipotente y bondadoso permita tanto dolor y sufrimiento en el mundo. David Hume, filósofo y economista escocés de gran relevancia dentro del empirismo, afirmó: «Las viejas preguntas de Epicuro aún no están resueltas».
Al abordar este problema, William Lane Craig y J.P. Moreland escribieron:
«El problema del mal puede dividirse en dos partes: el problema intelectual del mal y el problema emocional del mal.»
El problema intelectual del mal se enfoca en el cuestionamiento racional sobre la coexistencia de Dios y el mal. Este aspecto es tratado desde la filosofía. Sin embargo, este enfoque puede resultar frío e insuficiente para alguien que atraviesa una situación de sufrimiento.
Por otro lado, el problema emocional del mal busca ofrecer consuelo a quienes sufren, tratando de responder por qué Dios permite la existencia del mal y el dolor. No obstante, esta aproximación puede parecer superficial para aquellos que buscan respuestas puramente racionales.
El Problema Intelectual del Mal
Existen diversas maneras de abordar el problema intelectual del mal. Aquí desarrollaremos dos perspectivas clave:
1. La Perspectiva Ontológica
Este enfoque filosófico se ocupa del ser en relación con el mal. La primera pregunta que surge es: ¿existe el mal en sí mismo? ¿Tiene una realidad ontológica?
Según Tomás de Aquino, «el mal es la ausencia del bien que debería poseerse». Es decir, el mal no tiene existencia propia ni una consistencia ontológica real. Por lo tanto, no puede atribuirse su “existencia” a Dios de la misma manera en que lo hacemos con la creación. El mal no es un ser con entidad propia, sino la carencia o corrupción de un bien que debería estar presente. Se podría decir que el mal es algo que ocurre, más que algo que es.
Sin embargo, el mal moral plantea una cuestión crucial: ¿cómo es posible que un Dios bueno y amoroso permita la existencia de personas moralmente malas que causan daño y sufrimiento?
Ahora bien, ¿qué sucedería si Dios erradicara la maldad del mundo e interviniera constantemente para impedir el mal moral? Como la maldad radica en la voluntad del individuo, Dios tendría que eliminar la libertad humana, pues no bastaría con frenar las malas acciones; también habría que impedir las malas intenciones.
C.S. Lewis explica esta idea con el siguiente ejemplo:
«Podemos, a lo mejor, imaginarnos un mundo en el que Dios corrigiera a cada instante los resultados del abuso del libre albedrío por parte de sus criaturas, de manera que una viga de madera se volviera suave como el pasto al ser usada como arma, y que el aire se negara a obedecerme si intentara propagar ondas sonoras portadoras de mentiras o insultos. Pero, en un mundo así, las acciones erróneas serían imposibles y, por tanto, la libertad de la voluntad sería nula».
El Problema Emocional del Mal
Los argumentos filosóficos pueden ser insuficientes para alguien que está experimentando un sufrimiento inmerecido. En estas circunstancias, una persona puede cuestionar la existencia de un Dios que permite semejante dolor, lo que en muchos casos deriva en un rechazo o incluso en un sentimiento de odio hacia Él. Podríamos llamar a esto un ateísmo de rechazo.
En estos momentos, debemos considerar nuestro sufrimiento a la luz de Jesús en la cruz. Él soportó el castigo del mundo entero siendo inocente. ¿Por qué sufrió tanto?
¡Porque nos ama!
Dios es la solución al problema del mal, y no el mal el problema para Dios. A través del padecimiento de Jesús, podemos hallar la fuerza necesaria para sobrellevar nuestras dificultades. En su sacrificio vemos cómo el amor supera el dolor y el sufrimiento.
El amor de Dios es tan grande e incomprendido que entregó a su Hijo para que alcanzáramos el destino supremo que, por justicia, no merecíamos, pero que, por misericordia, nos ha sido ofrecido.
Conclusión
El problema del mal y la existencia de Dios pueden abordarse sin que ello contradiga su omnipotencia y bondad. Desde una perspectiva ontológica, el mal no tiene existencia propia, sino que es la ausencia de un bien debido. El mal moral no recae en Dios, sino en el hombre, quien, gracias a la libertad otorgada por su Creador, puede elegir entre el bien y el mal.
Finalmente, en el plano emocional, Dios es la única fuente de esperanza y fortaleza en medio del sufrimiento. Su amor supera todo dolor, y la cruz de Jesucristo es la prueba máxima de esta verdad.
Bibliografía:
Fundamentos Filosóficos para una cosmovisión cristiana – Willian Lane Graig y J.P. Moreland
¿Dios existe? – Dante Urbina
Imágenes de Dios, La filosofía ante el lenguaje religioso – Juan Antonio Estrada
El problema del dolor – C.S. Lewis


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