¿HAY EVIDENCIA DE QUE JESÚS RESUCITÓ DE LA MUERTE?

por Jader

¿Cómo respondería usted al siguiente caso hipotético? Alguien que usted conoce muere producto de traumas físicos importantes que le han dejado irreconocible. Luego esa persona es sepultada y en cuestión de un par de días, de alguna forma extraña, vuelve a la vida, escapa de su tumba y se presenta a familiares, amigos y conocidos en perfectas condiciones. Quizá usted pensaría que, a lo mejor, está teniendo una alucinación, por lo que decidirá tocarle para verificar si es tangible. Pero descubre que no solo se trata de una persona viva y tangible, sino de alguien relacional, presente, cercano; tanto como antes. En todo caso, no se trata de un fantasma. La pregunta que permanece en pie es: ¿de qué manera esto marcaría su vida en adelante?

Quizá usted ha pensado en la creencia del cristianismo sobre un mesías resucitado en el primer siglo, y ha concluido que la fe cristiana es irracional. Sin embargo, el cristianismo primitivo se convirtió en la clase de movimiento que se esperaría que ocurra en respuesta a un evento de tal trascendencia como el descrito al inicio. Además, no solo se trata de una resurreción sino que quien resucita es uno que afirmaba ser Dios encarnado (Jn. 8: 12, 58; Lc. 5: 24) y que había predicho que resucitaría (Mar 9: 30-32). ¿Qué tipo de suceso o hito cree usted que se requiere para que la historia universal se parta en dos en torno a un individuo? Quizá la respuesta sea: que ese individuo sea Dios hecho hombre, que muera violentamente y que resucite de entre los muertos.

Lo que ahora me propongo es brindarle un conjunto de fundamentos para creer de manera razonable que Jesucristo, en efecto, resucitó. Para ello, hay tres hechos clave que deben ser verificados. Pero es importante que por un momento haga a un lado la doctrina cristiana sobre el carácter sagrado de la Biblia y recuerde que nos hallamos frente a un documento de carácter histórico que data del siglo primero después de Cristo (en el caso del N. T.). Este documento se remite a épocas y contextos específicos, se sitúa en lugares reales y alude a nombres de personas reales que existieron en la historia. Rastrear la Biblia y corroborar su historicidad es labor rutinaria y especializada de académicos e historiadores; es decir, no se trata de una leyenda o una novela de ficción.

(1) El hallazgo de la tumba vacía de Jesús: Este hecho es ampliamente reportado por una serie de fuentes independientes (1 Cor 15: 3-5; Hch 2: 29-32; Mar 16: 1-8; Luc 24: 1-12; Mat 28: 1-10; Jn 20: 1-8). La mayoría de estas, por ser tan tempranas respecto a la

crucifixión, aportan demasiado peso al testimonio de la tumba vacía. Además, los siguientes factores son muy significativos. (a) El testimonio primario de las mujeres (Mar. 16: 4-11): la cultura judía de entonces le confería muy poco o nada de valor al testimonio de una mujer. Si la resurrección de Jesús hubiera sido un invento de los discípulos, con toda seguridad no habrían sido mujeres las primeras en descubrir la tumba vacía, sino alguno o varios discípulos varones. El testimonio primario de las mujeres constituye un hecho que no por ser desventajoso deja de ser incluido en la narración y esto habla de solidez y veracidad. (b) La alegación temprana de las autoridades judías (Mat 28: 11-15): ante la desaparición del cuerpo de Jesús en medio de la impenetrable guardia romana, la versión oficial de las autoridades fue que, aprovechando un descuido de los  soldados, los discípulos robaron el cuerpo de Jesús. Esto, sin embargo, solo prueba que el cuerpo de Jesús efectivamente estaba desaparecido y la tumba vacía. La respuesta de las autoridades no fue demostrar que el cadáver seguía en su lugar, sino dar una explicación del porqué ya no estaba allí, pero sin poder dar jamás con su paradero. (c) El factor Jerusalén: para los discípulos habría sido impensable iniciar un movimiento que proclamaba la resurrección de Jesús, justo en la ciudad donde permanecía su cadáver. Tal movimiento sólo podría florecer en Jerusalén mientras la tumba estuviera vacía; y, efectivamente, allí floreció. Los primeros cristianos actuaron como quien no teme la posibilidad de que alguien ingrese a la tumba y ponga de manifiesto el cadáver de su Mesías.

(aquí se podría cerrar la primera parte)

(2) Las apariciones del Jesús resucitado: en 1 Cor. 15: 3-8, Pablo detalla una lista de testigos oculares que, según la tradición, experimentaron las apariciones de Jesús resucitado. Dicha lista incluía a Pedro, a los doce, a quinientos hermanos y a Santiago, el escéptico hermano menor de Jesús. Es poco creíble que una tradición oral fraudulenta convoque a tantos testigos y se exponga con ello a un escrutinio público mayor. Además, esto demandaría un enorme grado de sincronización en el relato de cada supuesto testigo. Si Jesús nunca se hubiera aparecido a quinientas personas al mismo tiempo, a ningún discípulo se le habría ocurrido una alegación semejante.

(3) La firme creencia de los discípulos en la resurrección de Jesús, al punto de vivir y morir por ese mensaje. Los discípulos de Jesús tenían toda predisposición posible para no insistir más en la idea de Jesús como Mesías si este se hubiera quedado en la tumba: tenían predisposición tanto para no esperar su resurrección, como para no promover ningún

movimiento en su nombre, aun cuando estuvieran convencidos de que resucitó. Los siguientes elementos son clave: (a) la cosmovisión judía respecto a la resurrección y los

últimos tiempos no contempla la idea de un individuo en particular resucitando en medio de la historia, sino la de una resurrección general al final. Para nosotros en el siglo XXI es

familiar que se hable de Jesús resucitando y ahora conocemos la historia. Pero para los discípulos era distinto: la idea de Jesús resucitando ni siquiera era algo que vagamente pudieran sospechar o aguardar. 

(b) Los judíos no esperaban un mesías sufriente, crucificado por Roma y derrotado; sino por el contrario, uno que se impusiera sobre los enemigos de la nación y se quedara a reinar desde Jerusalén. La imagen de un Jesús agonizante sobre la cruz fue simplemente devastadora para sus desilusionados discípulos que no harían otra cosa que volver adoloridos a su vida normal, donde lo único que podían hacer relativo a Él era extrañarle porque ya todo se había acabado. La única vía para que este grupo de hombres termine por abrazar con todo vigor la descabellada idea de un Jesús resucitado es que, en efecto, Jesús haya resucitado. 

(c) El riesgo que suponía seguir hablando de Cristo hubiera sido suficiente motivo para extinguir todo movimiento a no ser que no estuviera fundado sobre la convicción de que Él resucitó. Es decir, el precio que los primeros cristianos enfrentaron por causa de su fe fue la muerte o la persecución. Un precio muy elevado que absolutamente nadie estaría dispuesto a asumir a menos que estuviera supremamente convencido por una experiencia tan transformadora y trascendental como ver, tocar, escuchar, abrazar y hablar con el Cristo resucitado.

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