“Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que también nosotros podamos consolar a los que están en cualquier aflicción, dándoles el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios.”
2 Corintios 1:3-4
Estamos viviendo tiempos únicos, donde la incertidumbre nos ha envuelto y a veces se siente que aprieta. Hay un virus rondando en las calles y temores rondando nuestros corazones. Esta crisis del coronavirus nos reta como muy pocas cosas lo han hecho o quizás lo harán, pero ¿cómo encontrar una verdadera paz y tranquilidad?
Desde hace mucho tiempo que los versículos de 2 Corintios 1:3-7 me retaban constantemente, porque Pablo nos dice ahí que con el mismo consuelo con el que somos consolados debemos consolar a otros. Y me preguntaba ¿cuál es ese consuelo? ¿yo lo tengo? ¿por qué parece que dice que el consuelo viene del sufrimiento? Y como a veces pasa, por estar muy concentrado viendo el árbol no te das cuenta del bosque que tienes delante.
Pablo nos cuenta en 2 Cor. 1:8-10 que el sufrimiento fue tal que había perdido hasta la esperanza de vivir, pero también nos dice que le fue necesario enfrentarse a la muerte para que se vaya su confianza en sí mismo y en lugar de eso mire a Dios como aquel que sostiene su vida. En esta carta, y en realidad a lo largo de la Biblia, vemos que la esperanza, la vida, la angustia y la muerte están muy relacionadas. Así que Pablo llegó a entender eso. Mientras más consciente sea de las buenas noticias del evangelio, más consolado será de las aflicciones presentes.

Pero entonces ¿por qué se consolaba incluso por los sufrimientos? La respuesta nos la da en 2Cor 4:4-10, donde nos cuenta que, aunque está atribulado, en apuros, perseguido y derribado, no está ni angustiado, ni desesperado, ni desamparado, ni destruido. Y todo eso es posible porque él lleva por todas partes la muerte de Jesús, y en esa muerte se manifestará Su vida. Y ¿qué es la muerte y resurrección de Jesús si no el evangelio? Ese bello evangelio que nos trae luz en medio de las tinieblas, vida en medio de la muerte y esperanza en medio de la desesperación. ¿Cómo fue pues la muerte de Jesús? En primer lugar, fue inmerecida, pero también valiente. Se enfrentó a todo de manera desinteresada y sufrió. Pero no quedó ahí, sino que fue poderosa porque resucitó y venció. Con ella nos salvó. Nos salvó de un peso de maldición que estaba sobre nosotros por nuestros pecados y nuestras faltas, y nos reconcilió con Dios. Nos dio una vida sin fin junto a Él.
Y Pablo no solo se consolaba en su salvación individual, sino que también se alegraba cuando veía el evangelio siendo de salvación para otros. En 2 Cor. 7:4-7, Pablo nos cuenta cómo se regocijaba por el cambio en los corintios, porque se veía que en verdad habían entendido el evangelio y se arrepentían de sus pecados. Y como nos dijo en 2Cor 1:6, parece que su testimonio de sufrimiento les servía a los corintios como confirmación de que el mensaje era real, pues Pablo estaba dispuesto a seguir creyendo a pesar de todo. Entonces, si tenemos vida en nosotros somos consolados, y si por nuestros sufrimientos y fe alguien más cree, somo doblemente consolados.
Como hemos visto, la esperanza viene junto a la noción de que el evangelio nos ha dado vida. Lo entiendo. Pero ¿qué pasa si no lo he asimilado en mi corazón? Si aún sigo angustiado. Si me siento como muerto. Pues déjame decirte que es completamente humano. Con nuestro intelecto y con nuestra fe podemos saber que algo es cierto, pero no lo asimilamos tan fácilmente. Incluso Jesús pasó por esto porque Él fue tan humano como nosotros. En Getsemaní Él estuvo angustiado hasta el punto de muerte y su respuesta fue orar.
Nuestro Señor es demasiado amoroso y cuidador. Tanto es así que Él deja que nos acerquemos a Él en oración. Pero también sabe que no sabemos cómo orar bien. Y por ello ¡nos dejó un libro entero para saber cómo dirigirnos a Él! El libro de los Salmos nos deja ver cómo Dios quiere que nos acerquemos. Y como Jesús nos enseñó, debemos acercarnos diciendo “Padre nuestro”. ¿Cómo se acerca un niño a su Padre? ¿Haciendo reverencias y pleitesías mientras habla formal? ¡Por supuesto que no! Un niño ingresa al cuarto de su papá y se sube a la cama, le pregunta cosas, se echa encima y se siente confiado de expresar sus temores y alegrías. Algo así es el libro de los Salmos. Nos aleja de nuestro sentimiento de temor mal sano que cree que Dios es un ser lejano y frio y nos muestra la correcta actitud que debemos tomar.

Teniendo en cuenta estas cosas quisiera enfocarme en lo que nos dice el Salmo 119. Como hemos visto, solo la vida, la noción de que Jesús nos ha dado vida, puede ser nuestro consuelo. Es por esto que en este Salmo hay un claro clamor. Nueve veces el salmista le ruega a Dios que lo vivifique, o sea que lo llene de vida. Y vemos que sus pedidos están fundamentados. En primer clamor por vida dice “vivifícame conforme a tu palabra” (v.25). Esto nos muestra que el salmista sabe que el Señor ha dado su palabra, ha prometido que dará vida, y él se sujeta de eso para rogar. Entre estos ruegos también clama “vivifícame conforme a tu misericordia” (v. 88, 159), porque el salmista sabe que Dios es un Dios compasivo y que en su misericordia recibirá consuelo (v. 76). Luego de muchos ruegos en los que se podría profundizar más, el penúltimo ruego es “vivifícame conforme a tu justicia” (v.156). Esta mención es muy interesante. Porque Dios en su justicia solo debería condenarnos (“la paga del pecado es muerte” – Gn. 2:17), sin embargo, el salmista usa esto como un motivo para que Dios nos dé vida. ¿Por qué? Porque este es un pequeño vistazo al evangelio. Romanos 1:17 se nos dice que “en el evangelio se revela la justicia de Dios”. Esto quiere decir que solo en la cruz la misericordia sin fin y la justicia de Dios se interceptaron, pues Jesús murió sin merecerlo y pagó el precio de los pecados que cometimos, y solo así nos dio vida y libertad.
El Salmo 119 es un salmo que exalta la Palabra de Dios y que reconoce que es buenísimo vivir aprendiendo de ella y aplicándola, pero también podemos vernos en los ruegos del salmista en el que, conociendo lo bueno de Dios, se reconoce inútil para poder cumplir Su palabra y clama a Dios para que lo ayude en esa tarea. Así es como debemos clamar a Dios para poder asimilar su hermoso consuelo y que nos abra lo ojos para ver que estos sufrimientos presentes son incomparables con la gloria venidera, y para entender que el que cree en Él “aunque muera, vivirá”.
Será entonces cuando entienda que, al buscarlo en su Palabra, al creer en su promesa, al crecer en santidad, al amar su justicia, al hacer mío su gozo, podré encontrarme con ese consuelo al que Pablo hace referencia. Será entonces que podré reconocer y proclamar “fui hallado, fui limpiado, fui amado”, si un Dios tan grande puede hacer eso por mí ¿qué me podrá separar de su amor? ¿quién podrá enfrentarse a mí? Y será entonces cuando pueda llamar a Dios: Dios de toda consolación, Dios de mi consolación.
“Por lo demás, hermanos, regocíjense, procuren su perfección, consuélense, tengan un mismo sentir, vivan en paz, y el Dios de amor y de paz estará con ustedes.”
2Corintios 13:11
Autor: Renzo Díaz. Peruano de nacimiento, administrador de empresas de profesión y cristiano por gracia. Actualmente es el director académico de Ministerios de Apologetica Cristiana (MAC) y además dirige el proyecto Creciendo en Gracia y Conocimiento (CGC) enfocado en la difusión de material didáctico sobre la Historia de la Iglesia.


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