Así que entramos a su habitación junto con el doctor para dale las buenas noticias: Que había esperanza para su condición.
Me acuerdo hace años hacerme por primera vez esta pregunta: “¿Por qué Dios permite el sufrimiento?”. Yo sabía que existía un amplio cuerpo de literatura cristiana sobre este tema. Después de todo, muchos antes que yo probablemente se habían formulado esta pregunta, y muchos otros deben de haber propuesto diferentes respuestas. Sin embargo, cuando exploré las respuestas disponibles en internet, identificaba con frecuencia un divorcio entre el teólogo que escribe y la persona que sufre.
Hoy en día entiendo que una cosa es escribir un artículo sobre el sufrimiento y otra cosa es experimentarlo en carne propia. Por ello, antes de desarrollar el tema, quiero iniciar contando una historia.
Inicié mi carrera profesional trabajando como psicólogo en un hospital con pacientes oncológicos—pacientes diagnosticados con cáncer. Solía atender a los pacientes en consultorio, pero también los visitaba en sus habitaciones. En una oportunidad, visité a un paciente de 10 años con cáncer que estaba paralizado en su cama. No podía moverse y solo podía hablar con dificultad.
El viernes visité su habitación, y como no podía usar las manos, le ayudamos a escribir una carta de feliz cumpleaños para su mamá. Me acuerdo que antes de salir de su cuarto nos dijo que cuando mejorase su salud él quería regresar al hospital porque los psicólogos le parecían “muy chéveres”.
El sábado la mamá fue al hospital a celebrar su cumpleaños con su hijo. Recibió la carta y pasó un gran día con él.
Y el domingo, el niño murió, solo en su cuarto.
Falleció a sus cortos 10 años. Nunca supo lo que es graduarse del colegio, salir con sus amigos, enamorarse o la alegría de recibir su primer sueldo. Él murió con—literalmente—toda una vida por delante.

¿Por qué murió? Esta fue una duda que no me dejó tranquilo por meses y ahora quiero compartir las respuestas que he encontrado.
Decir “Dios no existe” no soluciona el problema
Si Dios no existe, nuestra vida no tiene propósito. No hay meta ni sentido. No fuiste creado con diseño en mente. Solo eres un accidente de este vasto universo.
Si Dios no existe, todo lo que hay es simplemente materia. El amor y la tristeza son lo mismo, solo una ficción de tu cerebro. Tu experiencia de sufrimiento se vuelve irrelevante, es solo una reacción química en tu cabeza.
Si Dios no existe, la muerte es el único fin que nos depara. ¿Por qué ser buenos? ¿Por qué no ser malos? Si Dios no existe, ¿qué diferencia hace cómo vives tu vida? Igual te vas a morir. Más aún, si Dios no existe, los humanos somos solo animales, y en el reino animal todo se rige por la ley del más fuerte.
Si Dios no existe, ni siquiera podemos decir que existe la maldad. Pues si dices que existe lo malo, dices que existe lo bueno. Si dices que existe lo malo y bueno, dices que existe una ley moral con la cual puedes discernir qué es malo y bueno. Si dices que existe una ley moral, dices que existe un dador de dicha ley moral. Pero si Dios no existe, no hay ningún dador de ley moral, ni ley moral, ni bueno ni malo.
Entonces, ¿qué clase de respuesta ofrece el ateísmo? Básicamente, tu vida, dolor y muerte no tienen sentido.
Claramente, decir: “Dios no existe”, no soluciona el problema.
Ahora bien, ¿qué razones podría tener Dios para permitir el sufrimiento?
Como mencioné, muchos han escrito sobre este tema. Pero debemos recordar que buscamos responder a personas, no a preguntas. Por lo tanto, no espero que una sola respuesta, en este artículo, sea capaz de responder a todos los lectores. Dicho eso voy a proveer dos respuestas. No son las únicas ni necesariamente las mejores, pero personalmente las he encontrado convincentes.
1. Dios puede permitir el sufrimiento para hacernos notar nuestro quebrantamiento.
En una oportunidad visité a un paciente con un cáncer de estómago muy complejo para indicarle que su cirugía había sido exitosa. Debo recalcar que cuando hablamos de enfermedades oncológicas no se puede afirmar que alguien se ha “curado” por una cirugía, pero es un gran avance en la dirección correcta.
Al recibir las buenas nuevas, el paciente estaba alegre, pero no emocionado ni entusiasta. Estaba satisfecho, pero eso era todo. Esta reacción me pareció extraña.
Al conversar con él, me dijo que no sabía qué enfermedad tenía, sabía únicamente que le incomodaba el abdomen y su familia le había dicho que solo tenía que realizarse una leve cirugía.
Su familia había decidido no comunicarle que tenía cáncer, simplemente le dijeron que era una situación seria y que tenía que operarse.
Como él no sabía cuán seria era su situación, entonces no supo valorar las buenas noticias. Eso pasa mucho cuando hay enfermedades letales sin muchos síntomas. Las personas no se dan cuenta del riesgo que enfrentan hasta que las señales ya son obvias y ya es muy tarde.
Yo creo que similarmente Dios permite el dolor para señalarnos que hay algo que está profundamente mal en este mundo. Tanto este mundo exterior, como nuestro mundo interior. El famoso escritor y apologista C.S. Lewis dijo lo siguiente: “Dios susurra y habla a la conciencia con el placer, pero le grita mediante nuestro dolor: el dolor es su megáfono para despertar a un mundo adormecido”. [1]
2. Dios puede permitir el sufrimiento porque desea que seamos libres para amar.
Imagínate que a partir de mañana es imposible hacer el mal. No puedes odiar, engañar ni pelearte con nadie. Lo único que puedes hacer es amar a los demás, amar a Dios y hacer lo bueno.
¿Qué clase de mundo sería ese? Ciertamente, un mundo con menos sufrimiento, pero también un mundo sin libertad. Y sin libertad, no seríamos seres humanos, sino títeres o robots. No seríamos capaces de odiar, pero tampoco de amar. Un títere o un robot obedecen, pero no pueden experimentar ni dar amor.
¿Qué clase de seres quería crear Dios? Yo creo que Dios no quería títeres que obedezcan de manera automática sus órdenes. Él quería seres humanos que sean libres para amar.
Ciertamente, Dios no desea el sufrimiento. Él desea que tengamos la libertad para recibir, experimentar y dar amor. Pero la misma libertad que usamos para amar, es la misma libertad que usamos para odiar y realizar acciones malas.
La narrativa cristiana dice que el mundo entero está quebrado. Las cosas NO están bien. Las cosas no funcionan como deberían.
Jesús comprende nuestro dolor
La Resurrección de Lázaro (Jn. 11), es una de mis historias favoritas de la Biblia. Se cuenta que Lázaro, amigo de Jesús, había muerto debido a una enfermedad. María, hermana de Lázaro, estaba llorando en su casa, cuando de pronto escuchó que Jesús estaba visitando la tumba de su hermano.
En ese momento, ella sale de prisa para alcanzar a Jesús y al verle le dice: “Señor, si tú hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto”.
Por mi profesión, he tenido la oportunidad de acompañar a personas en sus últimos momentos de vida, y a sus familiares durante el duelo. Cientos de veces he escuchado estas preguntas: “¿Por qué Dios permitió que muera mi hijo?”. “¿Por qué Dios no curó a mi esposo?”, o “Dios, ¿por qué no hiciste nada? ¿Por qué permites esto?”.
He sabido de cristianos e iglesias que consideran estas preguntas inapropiadas, o las ven, aun, como una señal de “falta de fe”. He conocido personas, incluso, a las que les han llamado la atención por realizar este tipo de preguntas a sus pastores.
¿Cómo reaccionó Jesús ante estas preguntas? La historia dice que Jesús, al verla llorando, se estremeció en espíritu y se conmovió. Y al ver el cuerpo muerto de su amigo, Jesús lloró.
La fe cristiana afirma que en este mundo hay sufrimiento injusto, que el mundo está roto y quebrado. Pero también afirma que Dios no nos miró sufrir desde lejos, sino vino a acompañarnos. Reafirma que la ira y tristeza que siento cuando veo el sufrimiento en el mundo son válidas y reales.
Pero esa no es toda la historia. Antes de que Jesús hablase con María en la tumba de Lázaro, él conversó con Marta, su otra hermana. Ella le expresó las mismas palabras a Jesús: “Señor, si tu hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto”.
Jesús le dice: “Tu hermano resucitará”. Marta responde: “Yo sé que él resucitará al final de los tiempos”.
Esta es una respuesta que yo he escuchado varias veces, pero, con otras palabras: “Sí, bueno, estará en algún lugar mejor”, o “ahora está más tranquilo”.
Siempre he pensado que estas respuestas reflejan que la resurrección es una especie de premio de consolación por la vida que hemos perdido. Pero Jesús le responde: “Yo soy la resurrección y la vida, el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que cree en mí no morirá eternamente, ¿crees esto?”.
Yo creo que a en ese momento, a través del dolor y la tristeza que experimentó Marta, ella finalmente entendió el peso de las palabras de Jesús. Entendió que la esperanza cristiana no es la promesa impersonal de un paraíso, sino la certeza de la restauración futura. Entendió que la esperanza cristiana de la resurrección no es un premio de consolación por la vida que hemos perdido. ¡Es la promesa de poder gozar la vida que nunca tuvimos!
Yo creo que Dios no desea el sufrimiento injustificado de sus hijos. Sin embargo, lo permite por diversas razones. En parte, porque Dios nos da la capacidad de ser libres—aunque nosotros malempleamos nuestra libertad—y para que nos demos cuenta de qué tan severa es nuestra situación.
Pero Dios no desea que padezcamos solos. Yo creo en un Dios que se bajó de su trono y vino a morir en una cruz.
Así que, si estás sufriendo, Dios sabe qué significa sufrir. Sabe qué significa perder a un ser querido por una enfermedad. Ser traicionado por tus mejores amigos. Qué significa ser torturado y abusado. Y, finalmente, sabe cómo se siente morir. Él conoce tu dolor, y desea acompañarte.
Quiero concluir repitiendo las palabras de Jesús:
“Yo soy la resurrección y la vida, el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que cree en mí no morirá eternamente”.
¿CREES ESTO?
[1] C. S. Lewis, The Problem of Pain [El problema del dolor] (Nueva York: MacMillan, 1962), 83.
Escrito por Martín de la Flor. Psicólogo licenciado y director de operaciones de Ministerios de Apologética Cristiana (MAC).


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